Bisiesto

El 1º de enero de 2012, mientras en Trinidad medio pueblo dormía la siesta con ventiladores prendidos y panzas hinchadas de lechón y vino, yo tuve la insensata idea de salir a correr por la carretera. Bajo un sol abrasador, en mis orejas sonaba ‘Go’, de Jónsi Birgisson, a mi derecha chicharras, y a mi izquierda el incómodo tránsito de la carretera. En mi riñonera rebotaba, de forma caprichosa, una desgastada Canon PowerShot A1000.
Detalle de la instalación 2

Volví a casa tres horas después, descargué más de un centenar de fotos, subí unas pocas a la red, y a las tantas promesas que con facilidad se formulan en cada comienzo de año, le sumé: “Sacaré fotos todos los días del 2012”. Fue la única promesa que hice pública. Y la única promesa que cumplí.

Con la suerte que me caracteriza, me tocó un año bisiesto. Un año intenso en el que debí hacer malabarismos entre cuatro trabajos, la vida misma y los amigos, para poder escaparme a cazar fotos.
El 2012 me llevó por caminos insospechados. Trepé a ómnibus sin importar su destino, salí a cazar tormentas y temporales, me perdí detrás de telones entre trece mujeres con narices rojas, marché entre cabezudos y zombies, me empantané en bañados, caminé durante la noche por calles desiertas de ciudades ajenas, hice estallar las llantas de mi bici, mis ciudades y carreteras se ampliaron, conocí un montón de gente y me regalaron historias y canciones nuevas.
Lo que había empezado como una promesa insensata de comienzo de año, me enseñó a vivir de forma impredecible, a disfrutar del azar y los accidentes de aquellos caminos marcados por una cámara fotográfica.
Hoy guardo más de 80.000 fotos del año 2012. Algunas estarán en esta exposición. Otras encontrarán su lugar en las páginas de un libro en el que estoy trabajando.

Detalle de la instalación
El 11 de febrero de 2013, a las 15.40, la cámara sacó su última foto, en algún punto entre La Pedrera y La Paloma. Al abrirla, encontramos arena que se había colado hasta bloquear los engranajes del lente, y prácticamente todos los contactos estaban sulfatados. Soportó sol, frío, viento, agua y sal. Hoy esa fiel compañera de viaje de 2012, está guardada, y conservo la ilusión de que algún día vuelva a funcionar.
Mientras la espero, sigo sacando fotos.